Tengo miedo. La tarde es gris y la tristeza
del cielo se abre como una boca de muerto.
Tiene mi corazòn un llanto de princesa
olvidada en el fondo de un palacio desierto.
Tengo miedo. Y me siento tan cansado y pequeño
que reflejo la tarde sin meditar en ella.
(En mi cabeza enferma no ha de caber un sueño
así como en el cielo no ha cabido una estrella.)
Sin embargo en mis ojos una pregunta existe
y hay un grito en mi boca que mi boca no grita.
No hay oído en la tierra que oiga mi queja triste
abandonada en medio de la tierra infinita!
Se muere el universo, de una calma agonía
sin la fiesta del sol o el crepúsculo verde.
Agoniza Saturno como una pena mía,
la tierra es una fruta negra que el cielo muerde.
Y por la vastedad del vacío van ciegas
las nubes de la tarde, como barcas perdidas
que escondieran estrellas rotas en sus bodegas.
Y la muerte del mundo cae sobre mi vida.
Aquél que oye durante la noche los martillos de los monederos falsos, que son solamente astrónomos activos.
sábado, mayo 08, 2010
domingo, marzo 21, 2010
(...)
- Apostaría algo a que usted duda de que yo tenga también una necesidad seria.
- Me tiene sin cuidado -dijo Paulina con tono tranquilo e indiferente-. Puesto que me lo pregunta, sí, dudo que algo pueda atormentarlo profundamente. Usted es capaz de atormentarse, pero no en serio. Usted es un hombre desordenado e inestable. ¿Para qué necesita dinero? En ninguna de las razones que me expuso usted el otro día hallé nada serio.
- A propósito -le interrumpí-, me dijo usted que tenía necesidad de pagar una deuda. Una deuda importante, me parece. ¿Acaso el francés?
- ¿Qué significa esto? ¡Se siente usted muy caballero hoy! ¿Acaso ha bebido?
- Usted sabe que me permito decirlo todo y hacer a veces preguntas muy directas. Le repito que soy su esclavo. Un esclavo no puede confundirla, no puede ofenderla.
- ¡Qué absurdo! No puedo sufrir su teoría de la "esclavitud".
- Observe que no hablo de mi esclavitud porque desee ser su esclavo. Hablo de ella simplemente como de un hecho independiente de mi voluntad.
- Dígame francamente: ¿Para qué necesita dinero?
- Y usted ¿Por qué desea saberlo?
- Como quiera -repuso con altivez.
- Usted no soporta la teoría de la esclavitud, pero exige que sea su esclavo: "¡Responda sin replicar!" Muy bien, sea. Me pregunta usted por qué tengo necesidad de dinero. ¡Qué pregunta! El dinero...lo es todo.
- Comprendo, pero no hay que caer en semejante locura deseándolo. Porque usted va justamente al delirio, hasta el fatalismo. En ello hay algo, una finalidad precisa. Quiero que me hable sin rodeos, vamos.
Hubiérase dicho que empezaba a enojarse. Me encantaba que continuase haciéndome preguntas con ese tono colérico.
- Naturalmente, tengo una finalidad, pero no sabría explicarle cuál. Es simplemente que con dinero me convertiré en otro hombre, hasta a sus propios ojos, y dejaré de ser un esclavo.
- ¿Cómo? ¿Cómo lo conseguirá?
- ¿Que cómo lo conseguiré? ¡Ni siquiera puede usted comprender que yo pueda llegar a que usted me mire de manera distinta que a un esclavo! Esto es justamente lo que yo no quiero, no quiero esos asombros ni esas incomprensiones.
- Usted decía que esa esclavitud le resultaba deliciosa. Yo también lo creía.
- Usted lo creía -exclamé con una extraña voluptuosidad-. ¡Qué bella ingenuidad la suya! Pues bien, sí, la esclavitud que usted me hace sufrir es una delicia para mí.
- Apostaría algo a que usted duda de que yo tenga también una necesidad seria.
- Me tiene sin cuidado -dijo Paulina con tono tranquilo e indiferente-. Puesto que me lo pregunta, sí, dudo que algo pueda atormentarlo profundamente. Usted es capaz de atormentarse, pero no en serio. Usted es un hombre desordenado e inestable. ¿Para qué necesita dinero? En ninguna de las razones que me expuso usted el otro día hallé nada serio.
- A propósito -le interrumpí-, me dijo usted que tenía necesidad de pagar una deuda. Una deuda importante, me parece. ¿Acaso el francés?
- ¿Qué significa esto? ¡Se siente usted muy caballero hoy! ¿Acaso ha bebido?
- Usted sabe que me permito decirlo todo y hacer a veces preguntas muy directas. Le repito que soy su esclavo. Un esclavo no puede confundirla, no puede ofenderla.
- ¡Qué absurdo! No puedo sufrir su teoría de la "esclavitud".
- Observe que no hablo de mi esclavitud porque desee ser su esclavo. Hablo de ella simplemente como de un hecho independiente de mi voluntad.
- Dígame francamente: ¿Para qué necesita dinero?
- Y usted ¿Por qué desea saberlo?
- Como quiera -repuso con altivez.
- Usted no soporta la teoría de la esclavitud, pero exige que sea su esclavo: "¡Responda sin replicar!" Muy bien, sea. Me pregunta usted por qué tengo necesidad de dinero. ¡Qué pregunta! El dinero...lo es todo.
- Comprendo, pero no hay que caer en semejante locura deseándolo. Porque usted va justamente al delirio, hasta el fatalismo. En ello hay algo, una finalidad precisa. Quiero que me hable sin rodeos, vamos.
Hubiérase dicho que empezaba a enojarse. Me encantaba que continuase haciéndome preguntas con ese tono colérico.
- Naturalmente, tengo una finalidad, pero no sabría explicarle cuál. Es simplemente que con dinero me convertiré en otro hombre, hasta a sus propios ojos, y dejaré de ser un esclavo.
- ¿Cómo? ¿Cómo lo conseguirá?
- ¿Que cómo lo conseguiré? ¡Ni siquiera puede usted comprender que yo pueda llegar a que usted me mire de manera distinta que a un esclavo! Esto es justamente lo que yo no quiero, no quiero esos asombros ni esas incomprensiones.
- Usted decía que esa esclavitud le resultaba deliciosa. Yo también lo creía.
- Usted lo creía -exclamé con una extraña voluptuosidad-. ¡Qué bella ingenuidad la suya! Pues bien, sí, la esclavitud que usted me hace sufrir es una delicia para mí.
miércoles, enero 20, 2010
296 - Más allá del bien y del mal.
¡Ay! ¿Qué sois ahora, pensamientos míos, una vez que os he escrito y coloreado? Hace poco erais tan multicolores, tan jóvenes y maliciosos, tan llenos de aromas picantes y secretos, que me hacíais reír y estornudar. ¿Y ahora? Habéis perdido vuestra novedad, y temo que algunos de vosotros estéis dispuestos a convertiros en verdades. Ofrecéis un aspecto tan inmortal, tan honesto y tan enojoso, que parte el corazón. Pero, ¿es qué alguna vez ha sido de otro modo? Porque, ¿qué es lo único que somos capaces de escribir y de pintar con nuestros pinceles de mandarines chinos quienes eternizamos lo que se deja escribir? ¡Ay! ¡Sólo lo que está empezando a marchitarse y a perder su perfume! ¡Sólo tormentas que se alejan y se disipan, y sentimientos que el otoño a tornado amarillos! ¡Sólo pájaros perdidos y cansados de volar, que se dejan coger por nuestras manos! Eternizamos todo lo que ya no puede vivir ni volar, lo que ya está cansado y reblandecido. Para pintar tan sólo vuestro atardecer, pensamientos míos escritos y coloreados, mi paleta dispone de colores --de múltiples colores de infinitos matices y delicados tonos amarillos, grises, verdes y rojos--, pero nadie es capaz de adivinar, viendo mi pintura, cuál fue el esplendor de vuestra mañana, súbitas centellas, maravillas de mi soledad, viejos y queridos...malos pensamientos míos!
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