Escuche. Perdone que se lo diga otra vez, pero no puedo dejar de venir aquí mañana. Soy un soñador. Hay en mí tan poca vida real, los momentos como éste, como el de ahora, son para mí tan raros que me es imposible no repetirlos en mis sueños. Voy a soñar con usted toda la noche, toda la semana, todo el año. Mañana vendré aquí sin falta, aquí mismo, a este mismo sitio, a esta misma hora, y seré feliz recordando el día de hoy. Este sitio ya me es querido. Tengo otros dos o tres sitios como éste en Petersburgo. Una vez hasta lloré recordando algo, igual que usted. Quién sabe, quizá usted también hace diez minutos lloraba recordando alguna cosa. Pero perdón, estoy desbarrando de nuevo. Puede que usted, alguna vez, fuera especialmente feliz en este lugar.
(...)
Yo mañana le voy a contar a usted todo lo mío. Pero ¿qué es esto? Parece como si me ocurriera un milagro. ¿Dónde estoy, Dios mío? ¿No está usted contenta de no haberse enfadado conmigo, como lo hubiera hecho otra mujer? ¿De no haberme rechazado desde el primer momento? En dos minutos me ha hecho usted feliz para siempre. Sí, feliz. Quién sabe, quizá me ha reconciliado usted conmigo mismo, quizá ha resuelto mis dudas... Quizá hay también para mí minutos así... Pero ya le contaré todo mañana, ya se enterará usted de todo.
Aquél que oye durante la noche los martillos de los monederos falsos, que son solamente astrónomos activos.
miércoles, junio 23, 2010
sábado, mayo 08, 2010
Momento musical no.3
Tengo miedo. La tarde es gris y la tristeza
del cielo se abre como una boca de muerto.
Tiene mi corazòn un llanto de princesa
olvidada en el fondo de un palacio desierto.
Tengo miedo. Y me siento tan cansado y pequeño
que reflejo la tarde sin meditar en ella.
(En mi cabeza enferma no ha de caber un sueño
así como en el cielo no ha cabido una estrella.)
Sin embargo en mis ojos una pregunta existe
y hay un grito en mi boca que mi boca no grita.
No hay oído en la tierra que oiga mi queja triste
abandonada en medio de la tierra infinita!
Se muere el universo, de una calma agonía
sin la fiesta del sol o el crepúsculo verde.
Agoniza Saturno como una pena mía,
la tierra es una fruta negra que el cielo muerde.
Y por la vastedad del vacío van ciegas
las nubes de la tarde, como barcas perdidas
que escondieran estrellas rotas en sus bodegas.
Y la muerte del mundo cae sobre mi vida.
del cielo se abre como una boca de muerto.
Tiene mi corazòn un llanto de princesa
olvidada en el fondo de un palacio desierto.
Tengo miedo. Y me siento tan cansado y pequeño
que reflejo la tarde sin meditar en ella.
(En mi cabeza enferma no ha de caber un sueño
así como en el cielo no ha cabido una estrella.)
Sin embargo en mis ojos una pregunta existe
y hay un grito en mi boca que mi boca no grita.
No hay oído en la tierra que oiga mi queja triste
abandonada en medio de la tierra infinita!
Se muere el universo, de una calma agonía
sin la fiesta del sol o el crepúsculo verde.
Agoniza Saturno como una pena mía,
la tierra es una fruta negra que el cielo muerde.
Y por la vastedad del vacío van ciegas
las nubes de la tarde, como barcas perdidas
que escondieran estrellas rotas en sus bodegas.
Y la muerte del mundo cae sobre mi vida.
domingo, marzo 21, 2010
(...)
- Apostaría algo a que usted duda de que yo tenga también una necesidad seria.
- Me tiene sin cuidado -dijo Paulina con tono tranquilo e indiferente-. Puesto que me lo pregunta, sí, dudo que algo pueda atormentarlo profundamente. Usted es capaz de atormentarse, pero no en serio. Usted es un hombre desordenado e inestable. ¿Para qué necesita dinero? En ninguna de las razones que me expuso usted el otro día hallé nada serio.
- A propósito -le interrumpí-, me dijo usted que tenía necesidad de pagar una deuda. Una deuda importante, me parece. ¿Acaso el francés?
- ¿Qué significa esto? ¡Se siente usted muy caballero hoy! ¿Acaso ha bebido?
- Usted sabe que me permito decirlo todo y hacer a veces preguntas muy directas. Le repito que soy su esclavo. Un esclavo no puede confundirla, no puede ofenderla.
- ¡Qué absurdo! No puedo sufrir su teoría de la "esclavitud".
- Observe que no hablo de mi esclavitud porque desee ser su esclavo. Hablo de ella simplemente como de un hecho independiente de mi voluntad.
- Dígame francamente: ¿Para qué necesita dinero?
- Y usted ¿Por qué desea saberlo?
- Como quiera -repuso con altivez.
- Usted no soporta la teoría de la esclavitud, pero exige que sea su esclavo: "¡Responda sin replicar!" Muy bien, sea. Me pregunta usted por qué tengo necesidad de dinero. ¡Qué pregunta! El dinero...lo es todo.
- Comprendo, pero no hay que caer en semejante locura deseándolo. Porque usted va justamente al delirio, hasta el fatalismo. En ello hay algo, una finalidad precisa. Quiero que me hable sin rodeos, vamos.
Hubiérase dicho que empezaba a enojarse. Me encantaba que continuase haciéndome preguntas con ese tono colérico.
- Naturalmente, tengo una finalidad, pero no sabría explicarle cuál. Es simplemente que con dinero me convertiré en otro hombre, hasta a sus propios ojos, y dejaré de ser un esclavo.
- ¿Cómo? ¿Cómo lo conseguirá?
- ¿Que cómo lo conseguiré? ¡Ni siquiera puede usted comprender que yo pueda llegar a que usted me mire de manera distinta que a un esclavo! Esto es justamente lo que yo no quiero, no quiero esos asombros ni esas incomprensiones.
- Usted decía que esa esclavitud le resultaba deliciosa. Yo también lo creía.
- Usted lo creía -exclamé con una extraña voluptuosidad-. ¡Qué bella ingenuidad la suya! Pues bien, sí, la esclavitud que usted me hace sufrir es una delicia para mí.
- Apostaría algo a que usted duda de que yo tenga también una necesidad seria.
- Me tiene sin cuidado -dijo Paulina con tono tranquilo e indiferente-. Puesto que me lo pregunta, sí, dudo que algo pueda atormentarlo profundamente. Usted es capaz de atormentarse, pero no en serio. Usted es un hombre desordenado e inestable. ¿Para qué necesita dinero? En ninguna de las razones que me expuso usted el otro día hallé nada serio.
- A propósito -le interrumpí-, me dijo usted que tenía necesidad de pagar una deuda. Una deuda importante, me parece. ¿Acaso el francés?
- ¿Qué significa esto? ¡Se siente usted muy caballero hoy! ¿Acaso ha bebido?
- Usted sabe que me permito decirlo todo y hacer a veces preguntas muy directas. Le repito que soy su esclavo. Un esclavo no puede confundirla, no puede ofenderla.
- ¡Qué absurdo! No puedo sufrir su teoría de la "esclavitud".
- Observe que no hablo de mi esclavitud porque desee ser su esclavo. Hablo de ella simplemente como de un hecho independiente de mi voluntad.
- Dígame francamente: ¿Para qué necesita dinero?
- Y usted ¿Por qué desea saberlo?
- Como quiera -repuso con altivez.
- Usted no soporta la teoría de la esclavitud, pero exige que sea su esclavo: "¡Responda sin replicar!" Muy bien, sea. Me pregunta usted por qué tengo necesidad de dinero. ¡Qué pregunta! El dinero...lo es todo.
- Comprendo, pero no hay que caer en semejante locura deseándolo. Porque usted va justamente al delirio, hasta el fatalismo. En ello hay algo, una finalidad precisa. Quiero que me hable sin rodeos, vamos.
Hubiérase dicho que empezaba a enojarse. Me encantaba que continuase haciéndome preguntas con ese tono colérico.
- Naturalmente, tengo una finalidad, pero no sabría explicarle cuál. Es simplemente que con dinero me convertiré en otro hombre, hasta a sus propios ojos, y dejaré de ser un esclavo.
- ¿Cómo? ¿Cómo lo conseguirá?
- ¿Que cómo lo conseguiré? ¡Ni siquiera puede usted comprender que yo pueda llegar a que usted me mire de manera distinta que a un esclavo! Esto es justamente lo que yo no quiero, no quiero esos asombros ni esas incomprensiones.
- Usted decía que esa esclavitud le resultaba deliciosa. Yo también lo creía.
- Usted lo creía -exclamé con una extraña voluptuosidad-. ¡Qué bella ingenuidad la suya! Pues bien, sí, la esclavitud que usted me hace sufrir es una delicia para mí.
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